Sunday, March 30, 2008

Me doy la vuelta y la veo, sentada relajada y sonriente, saboreando sus nueces con miel -exactamente las nueces con miel que había soñado la noche anterior, que desde entonces tanto le apetecían y que justamente acaba de encontrar aquí, en uno de esos horrendos restaurante-tienda-cafetería de carretera-, ajena al bullicio que la rodea, hablando con un desconocido. Mientras yo estoy en la cola, agobiada por la hora y la muchedumbre, ¡otra vez!, intentando encontrar algo decente que comer. Y también pidiéndole su infusión, la que ella me ha encargado y espera tranquilamente, sin preocuparse por el reloj. Cuando se la llevo, me presenta al desconocido y dice que se acaban de conocer en la cola.
Después me cuenta que le ha estado hablando de los peligros de los transgénicos y que siempre lo hace con los jovencitos: comida basura, drogas, malos hábitos... "Me gusta ayudarles a que conozcan otras formas de vida más saludables". ¿Y qué cara te ponen? "Ah, me suelen escuchar. De hecho luego la gente siempre me llama y me pide consejo", responde, con una inocencia que desarma.
Durante las cuatro horas siguientes hablamos sin parar, sin saber en qué kilómetro andamos o cuánto falta para llegar a Madrid. Ella nunca ha trabajado sentada. Nunca ha vivido sola. Se fue de casa a los 19 años, harta de un padre maltratador. Le gusta escribir, pero no consigue ser disciplinada -le resulta tan difícil trabajar sentada-. Le digo "De mayor quiero ser como tú, que pides tu poleo al universo y te pones a hablar con un desconocido mientras yo hago cola por ti y te lo llevo a la mesa". Se ríe. Sabe que no es exactamente eso. No quiero ser como ella, pero me fascina cuando unas horas antes corremos como locas en el coche, en busca del autocar que hemos perdido y que no tenemos ni idea de dónde puede estar, y ella dice, con su voz suave, "No te preocupes, lo vamos a coger, mi vida siempre es así". Quizás es ella la que me contagia su entusiasmo y hace que mi cabreo inicial se esfume en cuestión de minutos y se convierta en un "Lo peor que puede pasar es que tengamos que quedarnos una noche en uno de estos pueblecitos junto al mar". Y de repente, el autocar aparece de la nada...
Me cuenta que no sabe si dejar al tipo con el que vive. Aunque le quiere mucho, ya no disfruta en la cama. Es como vivir con un hermano, pero es que la cuida tan bien... En cambio, es tan diferente con su amante, el músico que ahora está en Cuba y con el que siempre saltan chispas... "Hemos intentado ser sólo amigos, pero es imposible". Y también con su otra amante, la mujer que lee el tarot, con la que le gustaría montar una comuna en algún lugar en el campo. "Nunca me he sentido tan femenina como con una mujer", susurra. "Y tampoco tan masculina. Adoro los cuerpos de las mujeres, esa suavidad inigualable, la intimidad, el entendimiento sin palabras, mejor que con cualquier hombre...". Y no, nada de todo eso le crea conflictos ni desgarros aunque, reconoce, le encantaría conocer a alguien que aunara las cualidades de los tres, claro que sí. Algún día, pero no lo planea. A su lado siempre ha habido alguien... Ella fluye y se deja querer, con esa despreocupación que irradia, a ratos envidiable, a ratos irritante.
Dice que deseaba hablar conmigo desde el primer momento. "Me gusta tu energía. Puedo verla, es como una luz rosa en el corazón, una mezcla de pureza blanca y el rojo de la pasión". "¿Volveremos a vernos?", dice. "Me gustaría escribir algo juntas, me gustaría que me enseñaras".
Es domingo, de noche, estamos viajando, es la primera vez que hablamos. Todo resulta un poco irreal y al mismo tiempo tan fácil, uno de esos momentos en que parece que las cosas podrían encajar si uno no se resistiera.
¿Volveremos a vernos? No lo sé.

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