Tuesday, February 20, 2007

Tumbada en la camilla, de repente no puedo soportar más el dolor. Es como estar expuesta a un cigarrillo que se hunde en mi carne una y otra y otra vez. Hoy, la anestesia no hace efecto y me quiero ir, me da igual que J. me esté regalando el tratamiento -que no podría pagarme- y que el resultado, después de todo, sea maravilloso -mi sueño: un cuerpo sin vello- al cabo de unos días.
Es extraño porque siento como si me desdoblara. No soy yo la que llora; es mi sistema nervioso, exasperado por el dolor físico, el que hace saltar la alarma como si se tratara de una reacción en cadena. Me doy cuenta de que estoy sufriendo un ataque de nervios y estoy llorando a borbotones, pero no hay ninguna emoción que lo haya desencadenado, no siento nada, excepto una mezcla de alivio y pudor, y ganas de parar esta escena que no puedo controlar, aunque no hay nada que temer. R. es tan dulce y detiene la máquina torturadora inmediatamente, me dice que me siente y respire mientras me trae una coca cola.
Está bien, pero mi cuerpo lloraría hasta quedarse vacío, y durante un buen rato no responde a las órdenes de mi cabeza. Es inútil tratar de aplazarlo hasta que llegue a casa y pueda desahogarme tranquilamente. Es aquí y ahora cuando toda la tristeza acumulada que últimamente no he querido mirar, porque estoy cansada de ella, o que he pretendido que no sería más fuerte que yo, se derrama saliendo de mi cuerpo a chorros sin importarle que quiera seguir ocultándola detrás de una sonrisa. Y sé que no es grave ni importante, en comparación con tantas otras cosas, pero a veces se parece tanto a la desesperación...