Tengo un dilema.
Me inspiré en R., el famoso maestro de yoga, para crear a P., el gurú que aparece en mi libro. Tomé de él algunos rasgos físicos, le puse un nombre que suena muy parecido al suyo y convertí en parte del argumento algunas cosas que presencié en su centro o me pasaron durante la época en que era su alumna.
Pero eso fue hace tres años, cuando empecé a escribir. Después me reencontré con él y tuve la impresión de que, a pesar de sus defectos, R. es un buen maestro, y un tipo genuino. Aun así, no le cambié el nombre al personaje.
Es un poco él, pero no es realmente él.
Y así con todos los personajes. La novela es un batiburrillo de cosas que me han pasado y cosas que me han contado, más otras muchas que me he inventado. Al final, hay partes que no tienen casi nada que ver con lo que pensaba que serían cuando empecé. Creo que ni yo misma sé ya muy bien qué es ficción y qué me he imaginado. Lo cual me gusta.
Pero ahora R. ha vuelto a aparecer en mi vida y está encantado de que charlemos para que me pueda recomendar un editor. Cada vez que me dice (¡atención, mis amigas y lectoras!) que me pase por su casa para tomar un té (¿a quién os recuerda?), me da la risa. Y también se me activa un poco el sentimiento de culpa. Y si se reconoce a sí mismo y monta en cólera? Claro que, al final, el gurú no queda tan mal parado, pero eso es muy al final... Claro que no es él, pero se le parece un poco. O eso creo yo. A saber lo que pensará él. En el fondo, creo que R. y yo pensamos de forma muy parecida.
Aun así, no pienso rechazar ese té.
Al fin y al cabo, durante estos tres años he vivido otras situaciones casi iguales -o sin casi- a las que en su día imaginé para el libro. Y no pienso reescribir ni una coma... pero no puedo evitar pensar qué le parecerá a R.
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