Friday, October 26, 2007

Sinceramente, hasta hoy no me había sentido muy capaz de ayudar a nadie a sanar. Nunca estaba segura de dónde poner las manos, de cuánto presionar, de qué podía estar pasándole al otro de la piel para dentro y si yo le estaba ayudando o le estaba jodiendo. Me sentía torpe, fuera de lugar, me asustaban las reacciones del cuerpo y las liberaciones emocionales, a pesar de saber -por experiencia- que son tan aparatosas como inofensivas.
Hoy, en cambio, ha sido muy sencillo... Cierra los ojos, fúndete con tu compañero, siente su cuerpo, dice J. Mantente presente. Imagínate que su cuerpo es tu amante... Ahí encuentro la clave que necesito. Eso sí sé hacerlo bien. No es sexo, pero en cierto modo se le parece.
N. y yo cerramos los ojos y nos sumimos en un estado de confianza mutua, de amor incondicional, y dejamos que nuestros cuerpos se comuniquen sin interferir. Nos entregamos... Y la liberación emocional no tarda en llegar, como una recompensa. En ese momento dejo de pensar: me limito a permitir que mi cuerpo haga lo que necesite, mientras una parte de mí observa cómo chilla y se retuerce. Es como si me desdoblara.
Sí, como un orgasmo. "Te ha cambiado la carita", me dice N. A él también le cambia. Me siento feliz de haberle ayudado.
Incluso, como en el sexo, al terminar hay algo que se esfuma, y algo que nos une.
Una experiencia maravillosa. La siento como una iniciación.
Salgo a la calle tan exultante que mi pobre perro no tiene más remedio que dejarse arrastrar por mí durante un paseo nocturno de más de media hora, de Cibeles a Hortaleza, Gran Vía abajo.
Hay luna llena, o casi.

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