Tengo uno de esos días en los que no sé si es mejor meterme en la cama y llorar diez horas seguidas -hasta que salga todo, ¡todo!- o echarme a la calle y llamar a la persona más divertida que conozco. Finalmente me limito a bajar a comer al Diurno con Simón.
Alguien me llama desde la acerca de enfrente. Cruza, se quita las gafas de sol, muac, muac. Yo estoy lenta de reflejos, aunque no trato de aparentar nada. "Qué haces tú aquí, no andabas por Asia?" Sí, pero ha vuelto. Ya no recorre el mundo como fotógrafo, ha abierto uno de esos delis tan de mi barrio. "Ayer te vi pasar por la puerta"... Ahora vive otra vez en Mirasierra. "Has vuelto a los orígenes", le digo. Tengo ganas de añadir algo irónico pero, por suerte, no nos da por jugar a eso. Aunque estemos a pleno sol y sean las tres de la tarde, me vencería por goleada. Y yo me dejaría.
Mirasierra. El garaje. Las fiestas. Nirvana. La Buena Vida. Santander. Tasmania. Carlos. ¿Cuántos años hace?
Le digo que sí, me pasaré, prometido. "Pero ahora voy a comer en el Diurno, tío, que me encanta". Dice que cómo voy al Diurno, ¡lo suyo es mejor! Por supuesto.
Y entonces, mi mano se mueve como si tuviera vida propia y estrecha la suya. Es sólo un momento, una forma de transmitirle complicidad y cariño, que sale de mí sin pensar, seguramente porque hoy estoy triste y con pocas ganas de hablar. Pero, durante ese instante, nuestras pieles se reconocen, se aceptan sin dudarlo, se recuerdan. Y mi mano sabe que puede descansar en la suya y acariciarla después.
La memoria de los cuerpos...
Gracias, N., por regalarme el único momento genuino del día.
1 comment:
Pues asi es la vida, hasta en los dias de sol uno puede encontrarse con algo o alguien que nos hace recordar la luz. Tienes tanta razon.
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