Monday, March 19, 2007

Lo veo venir de frente, iluminado por un rayo de sol, charlando con una chica morena que no destaca por nada en especial. O, más bien, él habla y ella asiente. Camina, ligeramente encorvado, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Tiene más o menos el mismo aspecto que la última vez que le vi.
Me pregunto cómo voy a reccionar: ¿me hago la sueca y miro a otro lado? ¿cambio de acera? ¿le saludo? En un par de segundos elijo la opción más sencilla y que menos trabajo me va a costar: ignorarle. Sigo caminando en dirección al metro, apresurándome porque llego tarde. Todo el mundo va más relajado, es sábado y no trabajan, pero yo sí. También voy más arreglada que los demás. O sea, que yo tampoco destaco por nada en especial, pero otra persona que no fuera él me vería.
Rápidamente me doy cuenta de que él no, no me va a ver, no se va a fijar en mí, porque está hablando de sus cosas y enfrascado en sí mismo. Mi presencia le altera tan poco como a mí la suya. Normalmente, en estos casos, no decidiría seguir caminando por el mismo sitio, sino cambiar de acera. Y si me pareciera que el otro se iba a dar cuenta, entonces (por no ofenderle) seguiría andando, pero desviaría la vista hacia un escaparate o cualquier otro objeto absurdo que en ese momento estuviera en mi campo de visión. Pero con él no hace falta ninguna de estas ridículas maniobras.
Nos cruzamos. Supongo que sigue hablando de sus cosas y por lo tanto no me ve, aunque tampoco podría jurarlo, pues yo tengo la vista clavada en el horizonte, donde no hay más que edificios y coches.

1 comment:

Anonymous said...

no,no te vi. si no, te habría saludado. salía de trabajar e iba atenazado por el sueño. a esas horas, no reconocería ni a mi madre aunque la tuviera delante de las narices. pero tú sí podrías haber dicho hola.