Friday, January 19, 2007


Y ahora, qué?


Aspiro el aire frío, contemplo el cielo gris y los tejados desconocidos que veo al salir de esta casa donde nunca había dormido antes. No puedo resistirme a hacer una foto de la sucia y apacible mañana de invierno que se extiende ante mis ojos. Cuatro días sin acurrucarme en mi propia cama. Empiezo a tener ganas de volver a mi rutina pero disfruto intensamente de este limbo. Tengo miedo de volver a sumergirme en lo mismo de antes, de engancharme de nuevo a la corriente, esforzándome en luchar contra los obstáculos, tantas veces ciega a la quietud y al silencio que se extienden a ambas orillas. Tengo mucho sueño, estoy muy cansada pero aún temo dormir sola. Y temo que, si despierto, todos esos brazos ya no estén abiertos para acogerme o, peor aún, yo ya no sea capaz de aceptar su abrazo.


Quizás no ha sido sólo una bofetada, menos aún una casualidad, sino una advertencia en grandes letras rojas y parpadeantes. Deja de quejarte, sal de ti, mira alrededor. En realidad lo sé, hace tiempo que lo sé. Fin de etapa. No necesitas ser perfecta ni ganarte el amor. No necesitas poner más barreras. He sido perdonada, aceptada, querida y arropada estos días. El cariño de los demás penetra a fuerza de caricias en mi piel y va desalojando poco a poco al miedo. Experimento el vivir en el instante, donde las sensaciones se magnifican, las cosas más básicas son lo único que importa y mi mente me regala por fin una tregua suficientemente larga. El tiempo se paraliza en un dulce ahora sin exigencias y mi cuerpo experimenta una sorprendente rendición. Por primera vez en muchos, muchos años, me siento a salvo en casa de mis padres. Ajena por una tarde a mi vida, a mi rutina, a mis horarios, se me escapan lágrimas de gratitud y de agotamiento.


Cuando al fin tengo la ocasión de pararme a pensarlo, apoyando mi cuerpo en un respaldo donde sé que puedo descansar, que nadie entrará a sobresaltarme, me doy cuenta de hasta qué punto en un mismo día me he sentido en peligro en los dos únicos sitios donde me encuentro segura, donde estoy en casa. Me disgustan las explicaciones facilonas del tipo "esto ha pasado por blablabla", pero a veces la filosofía new age de andar por casa y el refranero popular más burdo destilan una sabiduría a la que no se puede objetar mucho. Todo encaja como en un puzzle (y para más ironía, pierdo mi tarjeta de crédito durante unas horas aunque finalmente no se ha movido del restaurante). La vida nos devuelve lo que sembramos. Donde las dan, las toman. Y por eso te digo gracias, capullo, ya te encontrarás con tu merecido, aunque dudo que sigas leyendo esto y si lo haces, me da igual. Mira lo que has conseguido. Tú mismo te has puesto en ridículo y en evidencia, y esta es toda la respuesta que obtendrás de mí. Sólo eres la mano que me ha hecho el favor de rasgar un velo que llevaba mucho tiempo podrido.


Mi conversación con L. ese mismo día, unas horas antes. Tantos meses de desencuentro y un velo que al fin se rompe, mostrándonos el mismo espejo. El miedo, la convicción de no poder dejarte caer porque no habrá nadie para sostenerte. El pesar de haber vivido muchos, demasiados años ignorando los sentimientos porque no conocíamos otra arma para sobrevivir. El mismo lamento. Crees que todo lo haces sola, sola, siempre sola antes o después. Pero ya está bien de disimular, de poner una sonrisa como escudo, no me hace falta nada, estoy bien, pero necesito desesperadamente intentar controlarlo todo porque no sé de dónde vendrá el próximo golpe. Es hora de empezar, de verdad, a soltar...


Entro en mi casa un lunes cualquiera. Mi único y rutinario plan es cenar sola y ver una película. Pero sucede algo extraño. Mis cosas están revueltas. Reacciono poniéndolo todo en su sitio. Aquí no ha pasado nada. Deben de ser los obreros del edificio, que han tenido que entrar porque están trabajando en el piso de arriba. Pero no. Una fuerza invisible me empuja hacia atrás, a acurrucarme en un rincón junto a la puerta de mi propia casa, y comienza a condensarse, como un vapor frío hecho de miedo y asco que se mete en mi piel. Paralizada por la imagen de una gentuza desconocida entrando en mi cuarto, violando mi intimidad, hurgando en mis cajones, pido ayuda. Conjeturas, denuncias, tratos con la policía. Tal vez no sirva de nada, pero no quiero negar lo que ha pasado. Aterrada durante toda la noche, durante toda la semana, por la idea de que pueda volver a suceder. Ya no están, pero veo continuamente sus sombras.

3 comments:

Cisne Negro said...

Eres como mi réplica en femenino... Saludos afectuosos.

Anonymous said...

:-) Te quiero y te agradezco que permitiras caer ese velo, que por fin habláramos y que eso nos abriera un nuevo mundo de posibilidades. TQ. Loi.

Anonymous said...

Quería decir... "que permitieras..." si es que es la hora... que ya hace estragos. :-)