Thursday, November 30, 2006


La primera vez pensé que no se parecían a nada de lo que había escuchado antes (todos mis ídolos ochenteros etc.) y sin embargo fue como rememorar unas melodías bien conocidas, aunque olvidadas. Como una de esas canciones que tu mamá te canta cuando eres un bebé. Pensé, aquí está, esta es mi música. Night and day, you are the one...
Pero entonces no me pareció que era extraño. Eso es algo que pienso ahora. Ni siquiera sabía quién había compuesto todas aquellas canciones porque las escuché en una cinta de cassette grabada por mi hermano que no llevaba ninguna anotación. Una y otra vez, eso sí lo recuerdo, dando al play para escuchar aquella cinta con los ojos cerrados y la sensación de Esto lo conozco, no me preguntes por qué pero es algo que resuena en algún lugar dentro de mí y es como si lo tuviera en la punta de la lengua.
Sonaban tan deliciosamente anticuadas, sensuales, dulces, elegantes. Me hacían pensar en Hollywood y los años 40. Las películas de Bette Davis, los trajes de chaqueta entallados, los zapatos de tacón con pulserita... Un caballero con traje oscuro y pajarita, peinado con la raya al lado, esperando al pie de una escalera majestuosa la aparición de su dama, engalanada con su vestido largo de satén, su estola de piel y sus guantes hasta el codo para llevarla a cenar a un maravilloso hotel con orquesta de jazz.
Esa sensación de dejà vu ... ¿tendría algo que ver con mis padres? Pero no es posible. Sus años 40 fueron tan feos y provincianos. Y además por entonces sólo eran unos niños de postguerra. Mi padre escuchaba música clásica y flamanco. Mi madre, a Julio Iglesias y al Dúo Dinámico. No, el glamour definitivamente no tiene nada que ver con ellos.
¿Y si fuera cierto lo que decía el chico de las historias de ciencia ficción? Que nos conocimos en Los Angeles, en otra vida, en otros tiempos, y fuimos una pareja feliz que vivió en una casita blanca y soleada hasta que un accidente de avión puso el The End durante la II Guerra Mundial, y entonces yo me convertí en la viuda de un piloto del ejército de los Estados Unidos. Nada menos. Bonita historia.
Lo único que sé es que no me canso nunca de escucharlas. Cierro los ojos y desaparezco de esta época ruidosa y vulgar. Estoy bebiendo una copa de champagne y riendo las ocurrencias de mi caballero en un club de Nueva York, mientras sujeto un cigarrillo con el codo graciosamente apoyado en la punta de la mesa. Él está a punto de sacarme a bailar...
Heaven, I'm in heaven
And my heart beats so that I can hardly speak
And I seem to find the happiness I seek
When we're out together dancing cheek to cheek

Monday, November 27, 2006


Sumerjo los pies en el agua. Está deliciosa y sería capaz de bañarme. Es todo tan extraño. Las luces de Navidad y los pies descalzos en la playa. Mi vieja ciudad y mi casa, a una hora de distancia en avión y yo en medio de las dos, comiendo un donut relleno de avellanas y mirando las olas. Respiro y me repito que todo va bien, todo va a salir bien, es un truco que funciona, más o menos, a falta de alguien que me espere para darme un abrazo al pie del avión, me prepare la cena, escuche mis anécdotas de estos días y me abrace para dormir calentita.
Pienso si mandar algún sms pero decido que no merece la pena; lo único que obtendría, como mucho, es una respuesta amable y nada más, así que no me molesto en sacar el teléfono del bolso. Me merezco algo más, me merezco lo mejor. Aunque no habrá nadie esperando, tengo ganas de volver. Esta ciudad es preciosa y una vieja conocida, pero mi casa está ahora en otro lugar.
Paseo por la orilla, respiro hondo para absorber la esencia del mar y llevármela conmigo. Este es uno de esos momentos en los que uno hace balance de su vida o tiene una revelación acerca de sí mismo, de las que te agitan y te hacen cambiar el rumbo de tu existencia, pero no hay nada de eso. Simplemente saboreo el donut y la sensación de pisar la tierra mojada, sin extraer de mi interior ningún pensamiento profundo, ningún propósito. Ellos pugnan por salir, saben que estas horas de tránsito son perfectas para emerger en forma de lágrimas furtivas y melancolía. La caída de la tarde en la playa, las luces a punto de encenderse... Pero no me lo puedo permitir. No quiero pensar en lo que me espera en Madrid, en lo que ya nunca más me esperará y que se percibe tan nítido en la distancia, o en lo que dejé aquí y nunca más me acompañará. Estoy cansada y no tengo ganas de preguntarme qué es lo que deseo de mi vida. Me digo que algo dentro de mí lo sabe y es suficiente, me confío a esa parte que sabe y que me protege, mientras obligo al resto de mí a dejarse mecer por el paso de los minutos, haciendo tiempo para ir al aeropuerto, volver a casa, dormir muchas, muchas horas y abrir los ojos a la mañana siguiente.
Hoy puede ser un gran día...