
La primera vez pensé que no se parecían a nada de lo que había escuchado antes (todos mis ídolos ochenteros etc.) y sin embargo fue como rememorar unas melodías bien conocidas, aunque olvidadas. Como una de esas canciones que tu mamá te canta cuando eres un bebé. Pensé, aquí está, esta es mi música. Night and day, you are the one...
Pero entonces no me pareció que era extraño. Eso es algo que pienso ahora. Ni siquiera sabía quién había compuesto todas aquellas canciones porque las escuché en una cinta de cassette grabada por mi hermano que no llevaba ninguna anotación. Una y otra vez, eso sí lo recuerdo, dando al play para escuchar aquella cinta con los ojos cerrados y la sensación de Esto lo conozco, no me preguntes por qué pero es algo que resuena en algún lugar dentro de mí y es como si lo tuviera en la punta de la lengua.
Sonaban tan deliciosamente anticuadas, sensuales, dulces, elegantes. Me hacían pensar en Hollywood y los años 40. Las películas de Bette Davis, los trajes de chaqueta entallados, los zapatos de tacón con pulserita... Un caballero con traje oscuro y pajarita, peinado con la raya al lado, esperando al pie de una escalera majestuosa la aparición de su dama, engalanada con su vestido largo de satén, su estola de piel y sus guantes hasta el codo para llevarla a cenar a un maravilloso hotel con orquesta de jazz.
Esa sensación de dejà vu ... ¿tendría algo que ver con mis padres? Pero no es posible. Sus años 40 fueron tan feos y provincianos. Y además por entonces sólo eran unos niños de postguerra. Mi padre escuchaba música clásica y flamanco. Mi madre, a Julio Iglesias y al Dúo Dinámico. No, el glamour definitivamente no tiene nada que ver con ellos.
¿Y si fuera cierto lo que decía el chico de las historias de ciencia ficción? Que nos conocimos en Los Angeles, en otra vida, en otros tiempos, y fuimos una pareja feliz que vivió en una casita blanca y soleada hasta que un accidente de avión puso el The End durante la II Guerra Mundial, y entonces yo me convertí en la viuda de un piloto del ejército de los Estados Unidos. Nada menos. Bonita historia.
Lo único que sé es que no me canso nunca de escucharlas. Cierro los ojos y desaparezco de esta época ruidosa y vulgar. Estoy bebiendo una copa de champagne y riendo las ocurrencias de mi caballero en un club de Nueva York, mientras sujeto un cigarrillo con el codo graciosamente apoyado en la punta de la mesa. Él está a punto de sacarme a bailar...
Heaven, I'm in heaven
Pero entonces no me pareció que era extraño. Eso es algo que pienso ahora. Ni siquiera sabía quién había compuesto todas aquellas canciones porque las escuché en una cinta de cassette grabada por mi hermano que no llevaba ninguna anotación. Una y otra vez, eso sí lo recuerdo, dando al play para escuchar aquella cinta con los ojos cerrados y la sensación de Esto lo conozco, no me preguntes por qué pero es algo que resuena en algún lugar dentro de mí y es como si lo tuviera en la punta de la lengua.
Sonaban tan deliciosamente anticuadas, sensuales, dulces, elegantes. Me hacían pensar en Hollywood y los años 40. Las películas de Bette Davis, los trajes de chaqueta entallados, los zapatos de tacón con pulserita... Un caballero con traje oscuro y pajarita, peinado con la raya al lado, esperando al pie de una escalera majestuosa la aparición de su dama, engalanada con su vestido largo de satén, su estola de piel y sus guantes hasta el codo para llevarla a cenar a un maravilloso hotel con orquesta de jazz.
Esa sensación de dejà vu ... ¿tendría algo que ver con mis padres? Pero no es posible. Sus años 40 fueron tan feos y provincianos. Y además por entonces sólo eran unos niños de postguerra. Mi padre escuchaba música clásica y flamanco. Mi madre, a Julio Iglesias y al Dúo Dinámico. No, el glamour definitivamente no tiene nada que ver con ellos.
¿Y si fuera cierto lo que decía el chico de las historias de ciencia ficción? Que nos conocimos en Los Angeles, en otra vida, en otros tiempos, y fuimos una pareja feliz que vivió en una casita blanca y soleada hasta que un accidente de avión puso el The End durante la II Guerra Mundial, y entonces yo me convertí en la viuda de un piloto del ejército de los Estados Unidos. Nada menos. Bonita historia.
Lo único que sé es que no me canso nunca de escucharlas. Cierro los ojos y desaparezco de esta época ruidosa y vulgar. Estoy bebiendo una copa de champagne y riendo las ocurrencias de mi caballero en un club de Nueva York, mientras sujeto un cigarrillo con el codo graciosamente apoyado en la punta de la mesa. Él está a punto de sacarme a bailar...
Heaven, I'm in heaven
And my heart beats so that I can hardly speak
And I seem to find the happiness I seek
When we're out together dancing cheek to cheek
