
Caigo dormida sin poder evitarlo durante dos horas y despierto como si regresara de muy lejos, trayéndome un sueño inquietante que flota nítido y en color dentro de mi cabeza. Seguro que está lleno de claves, pero no sé interpretarlas.
Estoy cansada y al mismo tiempo envuelta en un aura de desasosiego que ya dura días, así que Simón y yo nos vamos al Retiro una tarde más. Y después nos adentramos calle Atocha arriba... Se me ocurre sobre la marcha. Quiero saber qué sentiré.
Hay gente por todas partes y me incomodan. Qué coñazo de humanidad. Pero finalmente camino por las callecitas más estrechas de este barrio, siempre serenas y algo misteriosas, como el pequeño convento que las preside. Tal vea sea el núcleo del que irradia la paz que se respira por aquí, la sensación de que el tiempo se ha detenido. Quevedo, Lope de Vega, Góngora... Si en cualquier esquina me encontrara a Don Quijote, escondiendo sus ojos perplejos bajo el yelmo, no me sorprendería.
Entonces me doy cuenta de que estas calles vuelven a ser uno de mis refugios favoritos, el mismo que eran antes de conocerle a él, antes de que se convirtieran en 'su barrio', cuando eran simplemente las calles silenciosas por las que mi perro y yo caminábamos hace muchos años, cuando necesitaba pensar con tranquilidad o distanciarme de todo sin necesidad de ir muy lejos.
Me paro enfrente de su portal. Trato de sentir añoranza o rabia, pero es como intentar encender un mechero que no termina de dar fuego. Se acabó. Sí, pero no sólo es eso. De repente, todo lo que viví con él me parece el sueño de un pasado remoto. Ahora veo que todo el tiempo que pasamos juntos no sirvió para construir nada nuevo. Era como vivir fuera del mundo, igual que ocurre al pasear por estas calles, igual que quedarse dormida y soñar. Como acariciar un fantasma, un dulce amigo imaginario ajeno al tiempo y al espacio que se deshace entre los dedos al amanecer, incapaz de afrontar la luz del día explotando sobre cada rincón, rasgando la poesía y dejando entrar a la rutina. Como si todo lo que nos unía no hubiera sido real, sino parte de alguna otra cosa muy lejana, algo que recordábamos porque lo habíamos vivido antes y que no podía durar, porque se alimentaba de destrucción y nostalgia, ni podía florecer, porque era la negación de la vida.
¿Un ajuste de cuentas del destino o sólo un sueño que duró más de la cuenta, como una mala siesta?...