Wednesday, September 27, 2006

Pensé que ya no me ocurriría, pero sigo echándote de menos aunque ya no eres mi primer pensamiento del día, ni el segundo, y mucho menos el último. Hoy pasé frente a tu casa de nuevo y no pude aguantar mucho rato porque se amontonaban los recuerdos, a punto de explotar dentro de mi pecho y de mi garganta.
Echo de menos ir a buscarte y verte aparecer en tu portal, siempre tan elegante como si te hubieran extirpado del mismísimo Brideshead. No he conocido ningún hombre con tanto estilo como tú, que impregnabas con un aura de encanto todo lo que te rodeaba y cualquier detalle de tu casa. Me encantaba el modo en que ondulabas la muñeca al fumar tu único cigarrillo, y el no tener que discutir porque a los dos nos gustaba cenar lo mismo y en los mismos sitios.
Echo de menos que aparecieras sin avisar en mi casa a las once de la noche y me pillaras viendo algún capítulo de Sexo en NY, que se quedaba a medias cuando nos metíamos en la cama, apagábamos la luz y comenzabas a besarme lentamente y a bajarme las bragas, que me dejaba puestas sólo para que pudieras quitármelas.
Las noches en las que me pedías que fuera a dormir contigo, no importaba la hora que fuera, cuando te decía que estaba triste y necesitaba un abrazo, y el hecho de que tú, que apenas podías llorar, fueras capaz de presenciar mis lágrimas, a veces durante horas.
Hacer la comida para ti y verte devorarla sin prestarle atención mientras me contabas algún cotilleo divertido o algo que te había pasado, y la forma en que siempre recordabas decirme, al terminar, que estaba todo buenísimo.
Despertar en tu cama y hablar, hablar, hablar antes de desayunar.
Tus llamadas diarias a media tarde o de madrugada, una y dos horas charlando de todo y de nada y lo tranquilizador que me resultaba oírte decir 'hasta mañana'.
Subir las escaleras de tu casa y saber que el chico pudoroso que se sentía incómodo cuando acercaba mi mano a su entrepierna en público estaba a punto de transformarse en un lobo feroz que me sabía anhelante por convertirme en el objeto de su deseo, jugando a explorar los límites entre el placer y el dolor, la voluptuosidad y el éxtasis, sabiendo que nada malo podría pasar por la sencilla razón de que confiábamos el uno en el otro.
Callejear juntos por la Gran Vía y recorrer las tiendas raras que tanto nos gustaban mientras todos nuestros conocidos trabajaban.
El modo en que decías 'mi vida' y 'mi amor' cuando me follabas en la postura más vieja del mundo, la que ambos preferíamos, siempre con tus ojos abiertos para no perderte la expresión de mi cara. Contemplar cómo te entregabas al placer cuando te pedía que te dejaras ir y te olvidaras de mí porque quería verte disfrutar.
Tu forma de apasionarte por la conversación, la generosidad con que compartías tus conocimientos sin alardear de tu cultura. Arte, política, filosofía... no me cansaba de escucharte aunque no pudiera estar a la altura. Y tu forma de callar de repente, tan ausente que prefería no hablar para no romper el encanto del mundo secreto en el que te sumergías. La facilidad con que sabías cambiar de registro y exhibir de repente tu frivolidad y tu humor inglés, temeroso de aburrirme, justo un segundo antes de empezar a resultar pedante.
El saber que siempre estabas deseando acostarte conmigo, siempre excitado bajo tus pantalones de lino en cuanto me acercaba a ti, tu deseo no me falló ni una sola vez ni dejó jamás de encender el mío.
Esa mirada tuya que podía ser irresistiblemente lasciva un segundo y triste como la de un perro apaleado al siguiente. Ese gesto altivo que no lograba ocultar a mis ojos tu vulnerabilidad.
Las noches que pasábamos cenando en tu sofá frente a una película, riendo y charlando como dos viejos amigos que sin embargo acababan con la ropa en el suelo. El modo en que te inclinabas entonces para besarme y devorar mi cuerpo, sin decir una palabra, mirándome como si fuera la primera vez.
Lo que más echo de menos es tocar tu piel calentita y suave, abrazarte hasta empaparme de ese olor que me enloquecía y besarte sin descanso, dulcemente mientras te acariciaba, lujuriosa mientras follábamos, con toda la ternura del mundo mientras descansábamos después de la batalla, impregnados de amor y de paz antes de dormir.

Es una pena que nunca más vaya a repetirse. Sobre todo para ti, porque te encantaría leer esto pero no lo harás, y porque tú te lo pierdes.

1 comment:

Anonymous said...

Me sorprendio un pco al principio y lei con reocupacion hasta llegar al ultimo parrafo. Asi mija! Es dificil guardar buenos recuerdos y no sentir nostalgia.