Camino por las calles de este pueblecito de cuento de hadas sin cruzarme con un alma. Miro a ambos lados, las casitas de madera relucen tras las macetas con sus flores de colores, pero dentro no parece haber signos de vida. No oigo voces, ni música, ni televisión. Ni siquiera escucho mis pasos. Ahora que es de noche, no veo la cima de la montaña a mi derecha ni el valle cayendo dos mil metros abajo a mi izquierda, pero los siento como una presencia imponente y silenciosa a mi alrededor.
Me resulta extraño que, en este lugar donde casi se puede tocar el cielo, apenas se vean las estrellas. Me detengo para buscarlas pero tengo que apoyarme en una valla de madera, porque al mirar hacia arriba siento que podría perder pie en cuanto me descuide.
Un gato aparece de la nada y comienza a ronronear a mi lado. Hablo con él, le saludo y le digo que no se acerque, porque no me entiendo con los de su especie. Pero le da igual y se aproxima y se tumba mostrándome su panza. Le digo que no se moleste, porque no le voy a tocar. Entonces vuelve a ponerse de pie y pasa por detrás de mí, frotándose contra mi espalda. Pienso que debe de tener bichos y estará sucio, pero ha conseguido ablandarme y sonrío y le dejo hacer. No sé si es él quien me acaricia a mí o yo la que, en el fondo, agradezco su cercanía.
Camino un poco más, hasta que deja de haber casas a ambos lados. Cojo una calle que sube hacia el campo. Pienso que sería estupendo tumbarse aquí, mirar el cielo y respirar el aire puro y helado, y que no volveré a tener la ocasión de hacerlo, pero mi cuerpo no obedece. Camino cada vez más deprisa y me doy cuenta de que tengo miedo.
Me siento tan pequeña aquí, en lo alto de esta montaña, en un país desconocido, completamente sola. Sé que no hay peligro, mis compañeros están cerca, en el bar, y hay una habitación para mí en el hotel. No tengo miedo de la gente, es el lugar lo que me apabulla con su magnitud. Todos estos impresionantes picos de cuatro mil metros de altura, escarpados y cubiertos de nieve. Los millones de árboles que cubren cada centímetro de tierra desde el valle hasta aquí arriba. El glaciar que corona el pueblo, más alto todavía, imponente en su grandeza y su silencio.
Es el lugar más hermoso que he visto nunca y me da miedo. Mis compañeros no comprenden por qué siento tanto vértigo en el telecabina. Creen que no estoy cómoda, que no me gusta mucho este sitio, soy la señorita pepis del grupo cuando cojo la mano de uno de los chicos cada vez que subo y bajo en lo que me parece una cajita colgando de un hilo, tragándome mi vértigo hasta lograr olvidarme de que el abismo se extiende bajo nuestros pies, y dedicándome entonces a sonreír y mantener una conversación banal durante lo que me parecen unos minutos interminables. Ninguno de ellos siente nada parecido y no lo entienden cuando les explico que es tan bello y tan majestuoso que me sobrecoge, igual que cuando vuelo y miro por la ventanilla del avión, extasiada y asustada. No hay nadie a quién explicárselo ahora.
Doy las gracias al gato, me despido de él y recorro el camino de vuelta hasta divisar las luces rojas del hotel...
Tuesday, September 26, 2006
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4 comments:
Que fotos tan lindas. Como echo de menos las montanas y las sierras nevadas. Si pudiera vivir cerca de la mar y con Nieve. A ella no le gusta el mar.
Yo sueño con lo mismo, Miguel. Vivir entre el mar y la montaña...
Y quién es ella?? :-*
Jaja vale, ahora lo pillé, nieve es Nieve, es una mujer. Pero.. quién?!
Que gracioso, despues de todo este tiempo...? Mas vale tarde que nunca. Es como aquello de Quevedo: "Entre el clave y la rosa..."
No hay tal mujer por ahora.
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